Un año con el FMI

Cumplimos un año desde que el Fondo Monetario Internacional comenzara a girar dinero para
socorrer a la economía argentina. Un auxilio festejado por el gobierno nacional como si de eso se
tratara la inserción argentina en el mundo. A su vez, la novedad de estos días es el acuerdo político
para un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre el Mercosur y la Unión Europea, presentado
electoralmente como un “acuerdo histórico”.

Veamos qué pasó con el FMI, para ver qué expectativas podemos tener con referencia a este
acuerdo.

Mauricio Macri llegó a la Presidencia prometiendo, entre otras cosas, pobreza cero y acabar con la
inflación. Pero aquellas promesas de campaña se mostraron, en la práctica, vacías de contenido.
Desde el comienzo aplicó una batería de medidas – eliminación/reducción de las retenciones a la
exportación de granos, supresión de las restricciones para la compra de dólares o tarifazos en los
servicios públicos, entre otros – que reordenaron la economía en beneficio de los grandes
capitales. A su vez, aplicó una política de apertura y desregulación financiera que, lejos de resolver
la tan parafraseada “pesada herencia”, profundizó los desequilibrios macroeconómicos.

La “lluvia de inversiones” nunca llegó y sí lo hicieron los capitales especulativos de corto plazo.
En 2018, todo se descontroló. Con una inflación galopante y el derrumbe del peso frente al dólar
(recordemos que el dólar estaba a 20 pesos en marzo de 2018) la cesación de pagos de la deuda
pública era inminente. Fue el momento de disimular la escasez de divisas pidiendo auxilio al FMI.
El acuerdo stand by fue de u$s57.300 millones, el más grande de toda la historia del Fondo. ¿Las
condiciones? Recorte a la inversión pública y una reforma laboral y previsional, entre otros puntos.
¿A qué se destinó ese dinero millonario? ¿A generar fuentes de trabajo? En Argentina actualmente
cierran 50 PYMES por día. ¿Se destinó a generar empleo? La desocupación creció a los dos dígitos,
como no ocurría desde hace 15 años: el desempleo es hoy del 10,1 por ciento (cuando en 2015 era
de 5,9 por ciento). 1.900.000 personas se transformaron en nuevos pobres en 2018. El consumo se
desploma. La recesión no se detiene.

¿Dónde va a parar ese dinero? A la especulación y fuga de divisas. Las reservas internacionales del
Banco Central no paran de disminuir. El gobierno está autorizado por el FMI a utilizar esos dólares
para combatir eventuales corridas del dólar. Los destina, asimismo, a los intereses de la deuda,
que se incrementaron un 132,9%.

¿En tiempos de definiciones electorales, cómo se explica el apuro de Mauricio Macri por sellar un
acuerdo político para un TLC entre el Mercosur y la Unión Europea (UE)?

El acuerdo, según anuncia el gobierno, crea un mercado de bienes y servicios de 800 millones de
consumidores y casi una cuarta parte del PBI mundial. Lo notorio es que el intercambio con Europa
históricamente ha sido muy deficitario y puede llegar a serlo aún más. De manera sencilla: en
2018, Argentina exportó a Europa un 59% de manufacturas agropecuarias de bajo valor agregado;
importó, en cambio, un 92% de manufacturas elaboradas con alto valor agregado. En
consecuencia, a pesar de que la UE liberalice el 99% de las importaciones agrícolas del Mercosur,

como se ha anunciado, los productores argentinos de alimentos temen no sólo no conseguir
suficiente acceso al mercado europeo sino una invasión de todo tipo de productos, hasta hoy
subsidiados en el Viejo Continente para reforzar su competitividad.

Los términos de intercambio no nos favorecen. Ambas regiones no tienen un desarrollo simétrico.
¿Qué impacto tendría este acuerdo para el sistema productivo de la región en general y para
ciertas ramas de producción estratégica en particular? Un escenario de libre comercio birregional
podría afectar sustantivamente tanto la cantidad como la calidad de los empleos en ambas
regiones, así como resultar en situaciones no previstas de migraciones del campo a la ciudad y
desempleo industrial masivo. La firma de este acuerdo podría ser la sentencia de muerte de
nuestras industrias y de gran parte del trabajo decente y empleo de calidad.

Hace casi dos décadas que el MERCOSUR y la UE llevaban adelante negociaciones para un TLC.
Ambos pujaban por sus intereses regionales particulares. ¿Es acaso posible que un gobierno que
ha favorecido a unos pocos sectores concentrados, generado una crisis económica y social como
no veíamos desde 2001 y decidido volver a endeudarse con el FMI, hoy firme un acuerdo que
redunde a favor de nuestro pueblo?

Se abre un período de alrededor de seis meses para pulir legalmente el TLC, traducirlo a las más de
20 lenguas de los países firmantes y enviarlo a los parlamentos nacionales, que deben aprobarlo
para que entre en vigor. Por ahora, es el anuncio de un acuerdo político. Como representantes nos
cabe la responsabilidad de que un TLC de este tipo no tenga un impacto funesto para el sistema
productivo de la región.

Parafraseando a nuestro candidato, Alberto Fernández: “un acto de celebración es saber que
recuperamos el trabajo o que bajamos la pobreza”. ¿El endeudamiento con el FMI o un TLC con
tantas asimetrías pueden llevarnos en esa dirección?

El verdadero triunfo estará dado el día en que se piense en el desarrollo a largo plazo y no,
simplemente, en anuncios electorales. Cuando se establezca un verdadero acuerdo de asociación
para reforzar las relaciones políticas, sociales, económicas y culturales con otras regiones, capaz
de potenciar el respeto a los derechos humanos, el empleo digno, el trabajo decente, el desarrollo
sostenible y los valores democráticos.

 

Alberto Ciampini. Diputado Nacional por la provincia del Neuquén.